La policía francesa me llevó a las 09.00 a la frontera en Dantxarinea. Allí me estaba esperando la Guardia civil española. Me leyeron mis derechos, indicándome que quedaba detenido.
Me metieron en el cuartillo de la frontera y me preguntaron si me daba cuenta de por quiénes estaba detenido. Fue una pregunta que la repitieron en varias ocasiones para que supiese claramente que estaba en manos de la Guardia Civil. Me reconoció un médico y comenzó mi viaje en un furgón.
En el trayecto, me colocaron una banda que me tapaba los ojos y que no me la quitaron hasta la Audiencia Nacional. Me llamaban por mi nombre común Txetxu. Comenzaron a golpearme en la cabeza, estando yo esposado a la espalda. Para que conociese el trato que me esperaba al llegar a Madrid, me colocaron una bolsa en la cabeza y me ataron las manos al asiento delantero. Me asfixié. después me volvieron a golpear en la cabeza hasta llegar a Madrid.
En Madrid, continuaron interrogándome mientras me daban golpes en la cabeza, me insultaban y me humillaban verbalmente. Me amenazaban con diversos nombres de técnicas de tortura, como la que llamaban "el molino". En cualquier momento me golpeaban en los testículos. después de esta primera sesión al llegar a Madrid, dejaron la continuación para la noche.
La primera vez que me sacaron de la celda por la noche, me hicieron coger una manta. Me llevaron a una habitación y un guardia le dijo a otro que fuera preparando la bañera. Colocaron la manta en el suelo, me obligaron a desnudarme y comenzaron a golpearme otra vez en la cabeza y en los testículos. Me hicieron otras sesiones de "la bolsa". Como consecuencia del miedo o del frío, el cuerpo me temblaba. Después de un tiempo prolongado, me permitieron vestirme y sentarme. En este momento, entró alguien que se identificó como ertzaina de Lekeitio para continuar con el interrogatorio pero sin golpearme, hasta el amanecer. Así terminó el sábado.
Durante el viaje y posteriormente, tenía los labios secos y agrietados. Les advertí que días antes había estado en huelga de hambre. A menudo me obligaban a beber agua por miedo a que me deshidratase. Yo bebía poco pues no tenía sed.
El domingo a la mañana me sometieron a otro interrogatorio tertulia sobre política general acompañado de algunos golpes. Después me llevaron al calabozo y tras unas horas, volví. En esa ocasión, me leyeron lo que debía decir en la declaración policial que debía efectuar. Cuando aprendí bien la lección, me devolvieron al calabozo.
Llegó la hora de la declaración. Allí estaba el abogado de oficio. Tan pronto como me senté, le pregunté su nombre y me enseñó su tarjeta de identificación. Nada más empezar el interrogatorio, el abogado me indicó que tenía el derecho de no declarar. Por tanto, le indiqué a quien me dirigía las preguntas que no iba a confesar nada y que lo que tenía que decir lo diría delante del Juez. Concluyó así mi declaración y me llevaron de nuevo al calabozo.
No pasaría un ahora cuando se reunieron varios guardias en torno a la puesta del calabozo. Abrieron la puerta, me taparon los ojos, y me dijeron que iba a arrepentirme mil veces de lo que había hecho ya que les había dejado en ridículo ante sus superiores.
Entonces empezó el turno de las flexiones. Me colocaron un jersey en torno a la cabeza, me sellaron la boca con celofán para impedirme que respirase y comenzaron a golpearme en todas las partes de la cabeza con un libro o listín telefónico, manojo de periódicos, etc. Me daban los golpes mientras bajaba o subía en las flexiones. Intercalaban golpes en los testículos. Las primeras tandas fueron de 30-40 flexiones. A medida que me debilitaba, iban bajando el número. Me estiraban de un lado y de otro para que perdiera el equilibrio. Entre tanda y tanda, me dejaban un poco de tiempo para que cogiese aire mientras iba contando 1, 2, 3... Después golpes y firmes!. Después de pasar mucho tiempo, casi no podía ni hacer dos flexiones. cada vez que terminaba me tenía que quedar firme en el mismo sitio, lo que no podía hacer ya que mis piernas no tenían capacidad para guardar el equilibrio. No me hicieron ninguna pregunta. Lo único que repetían era el ridículo que les había hecho pasar. Era la osadía de haberle pedido el nombre al abogado y luego haberme negado a declarar. Me decían que el trato hasta entonces había sido pura comedia ya que desde mi detención habían estado deseando golpearme bien. Y yo les había dado una oportunidad inmejorable ya que estaban gozando. Me señalaban que ya llegaría el turno de decir que ya bastaba pero que estaba en sus manos decidir hasta cuando continuar. Puse todo mi empeño en no perder la consciencia, pero me obligaban a hacer una nueva tanda de flexiones entre golpes y después me daban una cuenta más larga para coger un poco de aire.
Cuando ya estaba completamente roto, acabaron y comenzaron en dos grupos separados a interrogarme. Supongamos que las flexiones comenzaron hacia las 8 y los interrogatorios se prolongaron hasta las 6 de la madrugada. En todo momento debí permanecer de pie, excepto por unos instantes muy cortos.
Después me llevaron a declarar a la Audiencia Nacional.
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